RELACIONES ENTRE CONTROL SOCIAL Y ESTRATEGIA REPRESIVA
Estudio histórico y actual del proceso en Euskal Herria
6.-CONSTANTES Y CAMBIOS EN LAS FASES REPRESIVAS ESPAÑOLAS:
Nuestra insistencia en la dialéctica de lo viejo, permanente y nuevo a lo largo de la evolución de los sistemas represivos españoles parte, además de la exigencia metodológica, también de la necesidad de conocer la extrema gravedad del problema al que nos enfrentamos. Lo viejo es lo que queda cualitativamente superado aunque sea dentro de un proceso que continúa; lo permanente es lo que designa la ley o esencia de ese proceso, su identidad, lo que le define y le determina pese a que partes suyas hayan quedado fuera, abandonadas y superadas porque han envejecido y fenecido, y pese a que hayan aparecido partes nuevas, cualitativas, que no existían anteriormente pero que no anulan la permanencia del proceso sino que, además, lo modernizan y le insuflan nuevas capacidades de adaptación y respuesta a las exigencias e incertidumbres objetivas. Pues bien, desde la perspectiva vasca, lo permanente es la continuidad de la ocupación franco-española; lo viejo es lo que el ocupante retira de su sistema represivo permanente porque ha quedado superado y vencido por las luchas vascas y lo nuevo es la innovación que el Estado ocupante introduce para sustituir a lo viejo y, así, insuflar nuevas fuerzas a la ocupación e intentar derrotar definitivamente a los ocupados.
Dentro de esa permanencia podemos distinguir desde 1876, fecha de la derrota militar en la segunda guerra de resistencia nacional vasca peninsular, tres grandes fases o períodos relativamente largos en los que el sistema represivo, su estrategia y su paradigma sufren agotamientos y derrotas pero a la vez introducen innovaciones y avances para responder con mayor furia y saña. En toda fase existen subfases o períodos más cortos en los que se aplican partes substanciales de los sistemas represivos, de modo que el salto de una subfase a otra no anula la continuidad de la fase en sí misma, pero el salto de una fase a otra exige de cambios mucho más profundos que los realizados dentro de una misma fase. La primera fase surge precisamente en 1876 y se prolonga hasta 1936, y apreciamos las siguientes subfases: la que fue de 1876 hasta la transición entre el s. XIX y el s. XX, cuando era patente que el sistema represivo tradicional no podía contener la explosiva mezcla entre lucha social y lucha nacional en Hegoalde; la que desde entonces se prolongó hasta el final de la dictadura militar de Berenguer, que esa una continuación de la de Primo de Ribera, subfase que se impuso para responder al movimiento obrero y al independentismo, tanto en Euskal Herria como en Catalunya, y la tercera subfase, ya agónica, la que en plena crisis se instaura en 1931 y se agota en 1936.
La segunda fase represiva se prolonga desde 1936 hasta 1978, y podemos discernir dos grandes subfases: la que dura hasta comienzos de la década de 1960, cuando es innegable el fracaso estratégico del sector más duro y falangista, y la que desde entonces se prolonga en decadencia incontenible hasta finales de la década de 1970. Como veremos, lo específico de esta larga fase represiva, es el conjunto de cambios estructurales que se suman sus efectos a los de la recuperación de la identidad vasca. Y la tercera fase, desde entonces hasta ahora ha tenido ya tres subfases superadas y se encuentra, desde verano de 1998, en la cuarta, que analizaremos en un capítulo aparte. Iremos viendo en el breve repaso que vamos a hacer las constantes que se reiteran a lo largo de 125 años y que designan lo permanente, la ley y la esencia del problema objetivo que tratamos, pero también lo viejo y las derrotas cosechas, y frente a estas, las novedades que se introducen para asegurar la opresión.
Como hemos dicho, en 1876 se impone un sistema represivo cualitativamente diferente al que se mantuvo desde el final de la primera guerra de resistencia nacional vasca en 1839. Ahora no podemos extendernos en este período en el que el Régimen Foral vasco resistió mal que bien la presión española, desde el debilitamiento profundo que arrastraba desde la derrota militar de 1839. Sí nos interesa reseñar que en Hego Euskal Herria desde hace tiempo la burguesía liberal creó organizaciones privadas para defender sus intereses específicos dentro del Sistema Foral, y que llegaron a ser contrarios a éste desde el momento en el que esa burguesía comprendió que le era más rentable en todos los sentidos la ayuda del ejército español para destrozar las aduanas en el Ebro y subirlas al Cantábrico, entre otras acciones destinadas a imponer su poder político burgués derrotando y destruyendo el Sistema Foral. En buena medida fueron esas organizaciones las que presionaron política y mediáticamente en ese sentido. Y con respecto a Ipar Euskal Herria, la experiencia es similar aunque más adelantada en el tiempo por el mayor desarrollo del capitalismo y del imperialismo estatal francés. Hemos citado a la "camarilla de Palacio" creada en Cuba seis décadas antes de la última fase de su guerra de liberación para ofrecer una idea lo más exacta posible tanto de la intervención de grupos privados de las clases dominantes, con sus relaciones internas con la estrategia represiva, como de su autonomía con respecto a la apariencia formal del funcionamiento de las instituciones. Ejemplos similares existen por todas partes y muestran la dialéctica entre la capacidad de los poderes concretos que mueven el control social para organizarse por su cuenta y mantener un funcionamiento controlador propio en la densa red de la cotidianeidad, y a la vez, sus relaciones con las vigilancias selectivas, con la prensa y con la Policía, y todo ello bajo la centralidad estratégica del Estado
Aunque en los siglos XVII y sobre todo XVIII nuestra sociedad no tenía las características actuales, como hemos visto antes, las relaciones entre el sistema represivo y el poder que entonces existía no se diferenciaba mucho al que se impuso después porque el modo de producción capitalista era el dominante en lo económico aunque no en lo político, sociolaboral y cultural. Los grandes cambios cualitativos introducidos en el sistema represivo global durante un proceso extremadamente violento y convulso --la importancia clave de la brutalidad militar invasora en la historia reciente de Euskal Herria está aún por ser suficientemente reconocida-- fueron básicamente lo que se derivan de, primero, la rápida y caótica industrialización, sobre todo en Bizkaia, que marcó las líneas generales de los demás herrialdes excepto en Iparralde; segundo, la rápida y aplastante victoria política de la burguesía bizkaina entre 1890 y 1905, en medio de una áspera fase de lucha de clases e intervencionismo militar; tercero, la agudización del choque entre el españolismo y los sentimientos nacionales vascos en proceso de avance del carlismo popular al fuerismo de élite para terminar en el nacionalismo sabiniano; cuarto, la abierta y total opción pro-españolista de la burguesía industrial que se lanza definitivamente no sólo a manos del Estado sino a ayudar a "construir España" desde comienzos del siglo XX, y quinto y último, las respuestas del Estado español para adaptar su sistema represivo concreto.
Nos detenemos en esta decisiva fase de agotamiento del viejo sistema, el que correspondía a los restos del ya políticamente defenestrado Sistema Foral, y a la superada pero no derrotada fase comercial del capitalismo, superada por la fase industrial, porque es decisiva para entender, de un lado, la compleja autonomía e incluso supervivencia de muchos controles sociales aunque hayan desaparecido las exigencias de poder y explotación que le dieron origen; de otro, pese a ello, la lenta e imparable influencia de los instrumentos de la clase dominante que terminan tarde o temprano reordenando los controles y el resto de subsistemas, y sometiendo sus autonomías a una nueva centralidad estatal y, por último, la pervivencia de ese sistema global hasta que la proclamación de la República en 1931 abrió un período de crisis profunda que sólo se cerró en 1936 con la sublevación franquista. Es cierto que antes de esa fecha el sistema represivo estatal español sufrió cambios intensos, sobre todo cuando las dos dictaduras militares, pero fueron cambios no cualitativos porque, de un lado, se mantuvo la monarquía, y de otro, se endurecieron todos los subsistemas citados en Hegoalde pero la base de explotación quedó intacta. Las dictaduras y en general el intervencionismo estatal anterior a 1931 en Hegoalde iban destinadas a endurecer los subsistemas vistos en el sentido de aumentar la españolidad oficial y reprimir no sólo la lucha de clases sino fundamentalmente el pujante nacionalismo.
Durante el período 1931-1936 el sistema represivo pasó por una crisis profunda que afectó a los pilares mismos de la existencia de España como nación burguesa muy débilmente soldada, y que tenía en su aguda "incoherencia internacional interior" uno de sus volcanes más devastador. Fue el período de crisis terminal del sistema represivo global impuesto con la guerra de invasión de 1872-1876, pues aunque el Estado español había introducido cambios importantes en su sistema, éste había terminado fracasando ante la virulencia de las contradicciones internas al capitalismo estatal, capitalismo en el que la burguesía vasca ocupaba un papel destacado. La solución no era otra que la del cambio cualitativo drástico del sistema represivo en su totalidad, naturalmente endureciendo los peores subsistemas de control social, vigilancia, propaganda y Policía, y a la vez, destrozando brutalmente las pocas conquistas democráticas logradas. No podemos extender nuestro análisis a las decisivas ayudas internacionales que obtuvo la clase dominante para aplicar ese nuevo sistema represivo, dentro de la permanencia de opresión nacional vasca, pero hay que insistir en que cuando un Estado secundario en la jerarquía imperialista se ve en la necesidad de cambiar su sistema represivo, entonces siempre recibe ayudas, consejos y especialistas de los Estados más poderosos en ese contexto imperialista.
La segunda fase en esa permanencia, o nuevo sistema represivo, se inicia en 1936 y se caracteriza por la estrecha fusión de los cuatro subsistemas dentro de la centralidad estatal, y en esta centralidad el Ejército aparece como una pieza clave, pero también la Iglesia que se eleva a poder básico en los subsistemas de control, vigilancia y propaganda. La dictadura franquista oculta una férrea dictadura burguesa que impone criminales formas de explotación y disciplinas laborales que condicionan totalmente la cotidianeidad de las gentes, reactivando los viejos controles sociales en sus formas más autoritarias, machistas y adultas. En el subsistema de vigilancia selectiva se produce una total interpenetración con la vigilancia y represión policial, así como con los aparatos del Estado. La Policía se convierte en un poder cuasiabsoluto y el subsistema mediático en el vocero consciente del franquismo. Se puede decir que hasta comienzos de la década de 1960 el sistema represivo español reduce al mínimo la autonomía de los subsistemas citados pero a la vez, y sin que sea contradictorio, delega en la Iglesia y en la impunidad policial muchas de las atribuciones que en una "democracia" tendrían otras instancias del poder. De este modo, la dictadura es capaz de evitar un recalentamiento del subsistema policial por la sobrecarga de trabajo, pudiéndolo así dedicar con mayor efectividad brutal a los puntos débiles del franquismo como son la lucha obrera y sindical y el nacionalismo vasco.
Desde luego que el subsistema policial también arremete contra la creatividad cultural, etc., pero es tal la mezcla social de, por un lado, miedo y terror en las clases oprimidas; por otro, implantación de la Iglesia y de su terror simbólico y, además, apoyos de la mediana y alta burguesía al franquismo, que, todo ello unido, alivian bastante su tarea al subsistema policial en gran parte del territorio estatal. Solamente allí en donde resisten las guerrillas campesinas o urbanas, se empieza a recomponer el movimiento obrero, se reactiva con más o menos timidez la iniciativa político-cultural de la pequeña y mediana burguesía, y se recupera el sentimiento nacional del pueblo ocupado, sólo allí la policía y el Ejército en sí mismo, agotan todos sus recursos criminales. No es casualidad que fuera en Hegoalde donde coinciden estas cuatro condiciones pues la guerrilla, la lucha de clases, la iniciativa político-cultural y la identidad nacional vasca muestran, pese a sus diferentes ritmos y diferencias internas, su fuerza ya a finales de la década de 1940. También se dan en Catalunya pero más débilmente. Aquí es el Ejército y sus variantes la Guardia Civil y la Policía, así como las organizaciones falangistas y de extrema derecha, pero no el carlismo de masas, popular, que es marginado y reprimido, las que siguen siendo el componente básico de la represión pues la Iglesia vasca está dividida entre el bajo clero y la jerarquía españolista.
El sistema represivo franquista tiene que adaptarse desde comienzos de la década de 1960 a situaciones sociales e industriales nuevas. En efecto, además de los cambios en el contexto mundial, sobre todo el fracaso del modelo autárquico hace que la clase dominante ordene a Franco proceder a un cambio que acelera la entrada de capitales exteriores, que acelera la inmigración al exterior pero también dentro del Estado del campo a la ciudad y de las regiones campesinas a las naciones industriales ocupadas, Hegoalde y Catalunya, naciones que ya venían recibiendo contingentes de inmigrantes desde hacía una década pero que ahora se convierte en una riada. Estas y otras medidas hacen que para mediados de esa década surjan nuevas contradicciones causadas por la rápida industrialización y urbanización pero, sobre todo, por la revitalización independentista de un sector creciente de la población vasca y por los inicios de la autoorganización popular en reivindicaciones socioeconómicas, lingüístico-culturales y políticas. Para finales de esa década en Euskal Herria es patente el fracaso histórico del franquismo, y su supervivencia es debida no tanto a los restos de apoyo que pudiera tener aún aquí cuanto a su fuerza en el Estado. En los siete primeros años de la década siguiente, la de 1970, se pasa del fracaso estratégico del franquismo a la instauración de un sistema represivo nuevo, instauración para la que fue decisiva la colaboración de la burguesía vasca y de su bloque social de apoyo.
Pero antes de pasar a analizar esta tercera fase, la actual, debemos detenernos en dos cuestiones de suma importancia por sus repercusiones en el presente. Una es que la permanente ocupación española no había logrado destruir el sentimiento ni la identidad vasca pese a los dos implacables sistemas represivos, que no habían dejado títere con cabeza. Más aún, pese a las vicisitudes de la industrialización del país, con sus componentes internos de crisis periódicas y agotamientos de las formas sociales preindustriales, como antes hemos visto en parte, pese a ello, la identidad vasca supo y pudo responder, adaptarse y crear nuevas formas en la dialéctica de la identidad, es decir, en la dialéctica de lo permanente y de lo variable. Hay que tener en cuenta que esta continua adaptación se realizó bajo una permanente ocupación extranjera y sus sistemas represivos. Queremos decir que, desde la perspectiva de este texto, no es posible separar la identidad histórica euskaldun de los contextos de lucha y represión en los que ella era y es parte activa, beligerante y comprometida subjetiva y objetivamente. En otras palabras, la efectividad última de las dos fases represivas analizadas ha sido condicionada negativamente para ellas, y positivamente para Euskal Herria, por el hecho de que la identidad histórica euskaldun se ha formado dentro de la totalidad concreta en pugna y evolución continua, como parte suya. La identidad vasca actual no es, en suma, ni exterior ni ajena a la lucha entre la permanente ocupación y la resistencia permanente contra ella.
Otra es que, a la vez, las dos fases represivas han intentado con diferentes formas pero con idéntico objetivo y contenido sustancial, mantener la identidad española de las masas inmigrantes y/o recuperar la de quienes la habían debilitado o incluso, de sus descendientes nacidos en Hegoalde. Estos esfuerzos empezaron a ser sistemáticos desde finales del siglo XIX y en ellos intervinieron desde su inicio partidos como el PSOE y sindicatos como la UGT, por no extender nuestras críticas a una parte del anarquismo y luego del comunismo oficial. Al margen de la lucha de clases entre burguesía y proletariado, es decir, desde una visión escindida y reformista de la lucha de clases, estas fuerzas coincidían en aspectos esenciales de la dominación simbólico-material del Estado capitalista en Euskal Herria. Ninguno de los subsistemas vistos pudo librarse de los efectos de tales presiones y, consecuentemente, la identidad española en Hegoalde se fue adaptando tanto a los conflictos sociales como a las necesidades de dominación del Estado ocupante. Esta contradicción se hizo insostenible a mediados de los setenta, cuando era innegable que la identidad española retrocedía frente a la euskaldun, y, como veremos, uno de los primeros objetivos estratégicos de la nueva fase represiva fue el de sacrificar burocrática y autoritariamente dentro de las organizaciones y partidos estatalistas la conciencia de clase de las masas trabajadoras de origen español a la conciencia nacional española, burguesa e interclasista. Queremos decir que tampoco la identidad española es ajena y exterior al sistema represivo, sino que ha evolucionado al son de los requerimientos del Estado, naturalmente con los altibajos causados por las distintas fases habidas en la permanencia de la ocupación.
Vemos, tras dos fases represivas que duraron aproximadamente un siglo cómo la cuestión de la identidad es decisiva, y cómo los sistemas represivos aplicados por los Estados ocupantes --aunque no nos hemos referido apenas nada a Iparralde y al Estado francés-- han atacado directa e indirectamente las raíces de nuestro pueblo porque querían segar la hierba bajo nuestros pies. Veremos ahora mismo cómo esta constante se repite desde la década de 1980 y se agudiza desde finales de la década de 1990.
![]() |